Una guerra que aún no ha terminado.

«En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado.». Con este último parte de guerra, escrito por el general Franco el 1 de abril de 1939, se dio por concluida oficialmente la Guerra Civil Española. El papel hablaba de victoria (de hecho, el año 1939 sería, a partir de entonces, «el año de la victoria»), la radio hablaba de triunfo, pero en las calles polvorientas de tantos pueblos, lo que se respiraba no era euforia, sino agotamiento. Y en muchas casas, la palabra “victoria” no encontraba eco entre las sillas vacías.


Los vencedores trajeron casi 40 años de un régimen que cambió por completo el alma y la voz de un país que ya no volvería a ser el mismo. La represión de ambos bandos durante la guerra y la de los vencedores sobre los vencidos aún están presentes en todos los lugares de España.

Ahora se habla de memoria histórica, pero la realidad es simplemente la opuesta. Si durante el franquismo, el «terror rojo» servía de pretexto para sus propias represalias, ahora es justo al revés. En esta época, se sirven de la represión franquista para legislar a su manera, como si las víctimas no fueran víctimas, sino estadísticas que uno y otro lado utilizan para justificarse.

Lo que la gente no parece entender es que la Guerra Civil no fue solo una confrontación militar entre dos proyectos políticos incompatibles; fue la ruptura emocional de una sociedad. En un mismo barrio convivían quienes apoyaban a la República y quienes simpatizaban con los sublevados. En una misma familia podía haber un hermano en cada frente. El conflicto no dividió únicamente mapas: dividió amistades de infancia, prometidos aguardando el cese de las hostilidades para casarse, equipos de fútbol esperando que los cañones callaran para que las gradas volvieran a rugir. Y cuando la guerra terminó, nadie volvió a ser el mismo.

Tanto entonces como ahora, las formaciones de izquierda y de derecha, en su enfrentamiento por el poder y por el modelo de país, han alimentado una polarización que ha convertido al adversario en enemigo. Y cuando el adversario se deshumaniza, la convivencia se hace imposible.

Lo preocupante es que hoy, tantos años después, seguimos cayendo en la misma trampa. “Facha”. “Rojo”. Lo decimos casi sin pensar. Como si fueran bromas, como si no tuvieran historia detrás. Pero cada vez que usamos esas etiquetas para deshumanizar al otro, estamos repitiendo un patrón peligroso. Estamos simplificando realidades complejas en bandos cerrados.

La reconciliación no significa olvidar lo que pasó ni mezclarlo todo como si nada hubiera pasado; como si no hubieran habido checas, «paseos»; como si las masacres de Badajoz y Paracuellos no hubieran sucedido; en pocas palabras: como si no hubiera habido guerra. La reconciliación significa reconocer que fue una tragedia colectiva. Que hubo responsabilidades políticas claras, que hubo víctimas en todas partes y que nadie salió limpio de aquella experiencia. Significa aceptar que el país solo avanzó cuando fue capaz de sentarse a hablar, a pactar, a entender que convivir no es pensar igual, sino aceptar al que piensa distinto, no como «facha o «rojo», sino como español.

Si algo deberíamos aprender es que la política tiene que servir para unir en la diversidad, no para dividir en bloques irreconciliables. Que los partidos —TODOS— tienen la responsabilidad de bajar el tono cuando la sociedad se calienta, no de echar más leña al fuego para ganar votos.

Porque cuando una nación se rompe por dentro como se rompió del 36 al 39, no hay “fachas” ni “rojos” que celebren de verdad, sino personas intentando reconstruir lo que se perdió. Y tal vez la única victoria posible, después de una guerra entre hermanos, sea esa: negarnos a volver a ver al vecino como enemigo.

Y será entonces, en el momento que esté cautivo y desarmado el odio y la venganza de unos y otros, cuando podamos decir, después de casi 100 años, que la guerra ha terminado.

Mario César Makemesa

Director Autonómico de Castilla-La Mancha

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